lunes, 17 de abril de 2017

Cuento egipcio de gatos y niños (II)



Todo comenzó en una época muy remota, mucho antes de las grandes pirámides y los faraones. Y tuvo lugar lejos del Nilo, a unos cinco días de camino desde Abú Simbel, hacia al oeste. Allí donde hoy reinan las arenas, hace siete mil años medraba la vida. Por entonces, un monzón soplado desde el sur convertía al Sáhara en territorio ingrato pero habitable, al que se aferraba el Hombre confiando en la llegada de las lluvias. En este medio cambiante y no a orillas del gran Río, vivían los antecesores de los antiguos egipcios.


Pueblo ganadero, y también de consumados agricultores, vivía alrededor de remansos estacionales. Tales lagos, que brotaban con las lluvias y desaparecían luego en la estación seca, les resultaban suficientes para llevar una vida relativamente segura. Siempre con la anuencia de los dioses y la seguridad de sus animales y sus graneros.
Este viejo cuento tiene que ver, como se ha dicho, con Kiya, la niña que domesticó a la primera gata; y también con un estúpido granjero, vecino de la niña y enemigo acérrimo de los gatos, aún pequeñas bestias salvajes.



Es aquel tiempo, especialmente benévolo, las lluvias del monzón llegaban regularmente y todos se sentían felices. Todos menos algunos, como el viejo Zahur.  Este anciano avariento y pretencioso, amaba su granero por encima de todo. Había llegado a repudiar a sus hijos y esposas para no repartir nada con ellos. No dormía por vigilar sus sacos de harina, apenas comía para gastar poco y, cuando no estaba espiando a todo el mundo, presumía de ser el más rico de la aldea y el que mejor resistiría una prolongada sequía. 


Eso no libraba a su cosecha, como a la de todos, de los estragos de los ratones, una plaga peor que la falta de lluvias. Pero, mientras los demás se resignaban a comer menos y rezar a los dioses, él no descansaba. Su impotencia le llevaba a inventar falsos enemigos. Como ya nadie le prestaba crédito, la cogió con los gatos salvajes, en ese tiempo aún hostiles, que recordaban demasiado a leones y otras fieras, a ese terror sordo que se agazapaba en la espesura.


El fantasma y el Rey (I)

Como sombra invisible recorro este laberinto de tumbas, nichos y panteones, donde vivo desde que lo perdí todo excepto mi conciencia. L...